
Escribió mil palabras, muchas más de mil, contándole de cuanto ha sucedido en su ausencia. De los recuerdos, sentimientos, anhelos que le han embargado durante ese enorme espacio de tiempo sin hablarle, sin verle, sin mirarle; sin contarle sus sueños; sin compartirle su vida. Escribió de amarle y volverle a amar; escribió de risas y nostalgias; de melancolías y sonrisas. Leyó lo escrito y lo desescribió. Desde un silencio cósmico se le anunció que era mejor contarse a sí mismo de sus ires y venires. Entonces no envió sus sentimientos, los guardó. Abrió el cofre donde guarda remembranzas y decidió nunca enviar sus confesiones, sus sentimientos.
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