lunes, 4 de mayo de 2009


Leía una vez y otra la carta que escribiera en un tiempo remoto de su espacio . La observaba buscando en cada frase un sólo motivo para enviarla. No tenía como, no tenía un para qué. El destinatario se encontraba pérdido en el universo. Se perdió una tarde de abril con la lluvia, con la brisa, con las sonrisas; se perdió en el instante en que la claridad de los colores de su historia dejaron su tonalidad "arco iris".
Se esfumó entre las determinaciones, entre las afirmaciones, entre las equivocaciones. Se perdió la tarde en que las ilusiones y el soñar despiertos se transformaron en realidades. Ella perdió y perdió al destinatario.
- Y la carta, qué decía la carta?.-
La carta describía prolongados silencios tejidos con melancolías y añoranzas. De soledades, de tardes de nostalgías y de sueños rotos. La carta contaba de lágrimas y de una hecatombe personal de la que se levantaba lentamente. Contaba de como, con el transcurso de los días no encontraba cenizas entre sus recuerdos... un sentimiento vivo le acompañaba en su caminar. Buscaba perdones en su carta, una sonrisa buscaba en ella.

Ella, observaba pasar su tiempo y con el envejecía su carta y ella envejecia. Leyendo su carta descubría que era una realidad su recuerdo. La leía para descubrir que los recuerdos son elementos que cobran vida y pueden transformar su tiempo, devolverle risas, regresarla a un tiempo de ensoñaciones, inocencia e ilógicas ingenuidades que le perdían en el viento.

Nunca envió la carta. Se quedó con ella; la leía para recordárse que profundamente amó un día.

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Cada vez que sientas que te rodea el viento permitiéndote soñar... da gracias al universo.
Cada vez que sientas que en tus sueños vuelas al infinito y respiras luz... da gracias al universo.
Cada vez que mires a tu alrededor y sientas que algo nuevo lo reviste, te maravillas y suspiras... da gracias al universo.
Contigo la luz que otorga una sonrisa.